En la potencia médica: agua y ajo

En la potencia médica: agua y ajo

ADNcuba. Los militares se desesperan. La mafia no cree en palabrerías ni en atrasos en sus planes. Tiene que haber ya vacuna y turismo. Abdala y rusos en Cayo Coco. Mambisa si te dan visa. Y Soberana a quien le dé la gana. Por Ramón Fernández Larrea | 05 May 2021 Los médicos en Cuba, supongo que contra su

ADNcuba. Los militares se desesperan. La mafia no cree en palabrerías ni en atrasos en sus planes. Tiene que haber ya vacuna y turismo. Abdala y rusos en Cayo Coco. Mambisa si te dan visa. Y Soberana a quien le dé la gana.

Por Ramón Fernández Larrea | 05 May 2021

Los médicos en Cuba, supongo que contra su voluntad, han encontrado la más antigua de las recetas. Por la falta de medicamentos, ahora recomiendan un viejo remedio infalible, “agua y reposo”, y para la escabiosis solamente “mucho gusto”, porque ya lo dice la guaracha: “sarna con gusto no pica. Y si pica, no mortifica”.

Confirmando el refrán “En casa del herrero…cuchillo de palo”, Cuba enfrenta un cuadro médico bastante complicado, con varias enfermedades, además de la COVID-19. Mientras, sigue enviando su personal especializado a otros países en “misiones” que son tratados comerciales, y continúa la delirante carrera de la vacuna contra el coronavirus, a la vez que los hospitales se caen a pedazos y se convierten en vertederos insalubres.

No dudo de la preparación de los médicos cubanos. Pero, entre la tabarra ideológica, que nada tiene que ver con el colon descendente y sí con el esfínter y la pituitaria, la preparación militar para combatir a un enemigo que jamás irá a Cuba y la pésima educación que han recibido antes de la carrera, serán doctores que no sepan hablar bien y que escribirán peor, con unas faltas de ortografía que no comete ni el hombre de cromañón. Si antes no se entendían las recetas por la letra de los médicos, imagino que ahora, con faltas ortográficas, se entenderán menos. La suerte es que los de la farmacia sí las entienden porque cometen las mismas barrabasadas escribiendo.

Pero el capitán (no elegido por nadie) del velero al garete, Miguel Díaz-Canel, perspicaz, suspicaz y siempre optimista, dice que los casos de coronavirus aumentan por una mala racha. Como si fuera alguna alergia primaveral al polen, algo que el aire de Cuba lleva y trae en sus alas que no despeinan ni siquiera a José Ramón Machado Ventura, segundo secretario de un partido que abolió esa plaza en su último congreso.

Lo que ignoran Díaz-Canel y sus secuaces (al decir de esa heroína llamada Juana Bacallao) es que la mala racha del pueblo cubano comenzó el mismo 1 de enero de 1959, cuando le cayó la peor epidemia que puede soportar un pueblo.

La herencia -eso que llaman solemnemente “el legado”- de Fidel Castro son unos discursos interminables donde el gran jefe, ante un pueblo cautivo y cautivado, desplegaba su verborrea soñadora y se convertía, por arte de magia y de su ego, en aquella “Tía Tata” que contaba cuentos. Y en los cuentos se veía un país bonito, desarrollado, feliz, con piscinas y arroyos repletos de leche. Con viviendas y alimentos. Con todo y para el bien de todos.

Pero por debajo de ese cuento estaba el ansia de grandeza del Delirante, que, por haber hecho (o pretendido hacer) “una revolución más grande que nosotros mismos”, lo ordenó todo con la mayor de las tallas.

Y aquel delirio de la zafra de los diez millones, donde el país entero se movilizó en función de un imposible, paralizando el normal funcionamiento de una economía que ya se descosía por varias partes, trajo estos lodos de creer a Cuba “una potencia médica” que exporta especialistas disfrazándolo de ayudas, desvistiendo a un santo para vestir a otros y poniendo nuevamente todos los recursos en intentar producir varias vacunas eficaces para combatir el virus. Las noticias son las mismas: “A pesar de que Cuba lidera la carrera para convertirse en el primer país de América Latina en desarrollar su propia vacuna contra la epidemia de COVID-19, el país sufre una aguda escasez de medicamentos básicos en medio de su peor crisis económica en décadas”.

Pero algo dejó el Castro mayor en el aire de esa isla donde la gente se transforma y produce lo que en el lenguaje popular se denomina “palucha”, que no es más que bravuconería y complejos. El régimen cubano no se lanza a buscar una vacuna, sino que anuncia varias, y las denomina “candidatos vacunales” y las bautiza, para más inri, con nombres ridículos, siempre heroicos, siempre ligados a actos de guerra que han puesto al cubano de a pie al borde del desequilibrio mental que solamente se quita cuando se pone mar por medio.

Y mientras todos los recursos (o los que quedan) se ponen en función de esa nueva “zafra de los diez millones”, la sarna se disemina, y la población comienza a sufrir por falta de medicinas contra dolencias controlables como la presión o algunos trastornos nerviosos. Porque con hacerse los mendigos y denunciar que la culpa de todo lo que pasa la tiene el bloqueo, y esperar perrunamente que la nueva administración norteamericana decida retomar la amistad o declarar su idilio, ya nada se resuelve y lo saben. No veo a Biden aceptando ir a almorzar en fecha próxima a la casa de Díaz-Canel.

Los militares se desesperan. La mafia no cree en palabrerías ni en atrasos en sus planes. Tiene que haber ya vacuna y turismo. Abdala y rusos en Cayo Coco. Mambisa si te dan visa. Y Soberana a quien le dé la gana. Toda una propuesta llena de entusiasmo, mientras, en lugar de tomar medidas efectivas para liberalizar la economía y dejar que el ingenio de los cubanos resuelva no hundir más el país, el puesto a dedo pide resistir. Pero ya esa palabra perdió el sentido.

Cuba se ha propuesto no aceptar ayuda exterior y descubrir sus propias vacunas, que va probando, irresponsablemente, sin tiempo para ensayos serios, en su propio pueblo y en otros valientes igual de atrevidos e irresponsables. No hay personal médico, ni higiene, ni productos para mantenerla y combatir la suciedad, que es la madre de todas las sarnas.

El designado ha pedido al pueblo, además de más sacrificios heroicos, “aseo permanente”. Así, tan liviano y contento. Como si hubiera jabón en cada cuadra donde ya casi ni siquiera existe un comité. Como si el agua corriera a raudales por las cañerías victoriosas de la patria. Esas cosas se le deben ocurrir al manganzón de Miguel mientras llena de espuma sus testículos.

Si quiere que el pueblo pueda asearse, que vaya él casa por casa con una esponjita enjabonando cubanos.

Y detrás de él, Machado Ventura cargando el cubo con agua jabonosa.

Porque ese remedio de la potencia médica cubana no es “agua y reposo”, sino “agua y ajo”: “Aguantarse y a joderse”. Cuba. La única forma de no ver.

 

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